5 de abril de 2025

Opinión publicada

No es una buena idea llamar cuarto poder al periodismo y tampoco creer que somos primos hermanos de los políticos. No tenemos más poder que el de los artistas o los deportistas: siempre hay algunos que sobresalen, pero son pocos comparados con la inmensa mayoría de sufridos plumíferos. Y de los políticos mejor estar tan lejos como de la peste, pero tengo que admitir que por algo se dicen estas cosas.

Lo que pasó es que durante unos cuantos años los periodistas fuimos los altavoces del poder. Quizá por eso los políticos, tanto en el poder como en la oposición, se dedicaron afanosamente a seducirnos. Y no solo el poder político: la seducción pasó a todos los que necesitaran mejorar la opinión del púbico sobre sus personas, sus productos o sus servicios.

Al final, la publicidad retorció sus propios argumentos y la mesa del poder se equilibró con medios de ocasión que vivían más de la amistad con el poder que de la preferencia de las audiencias. Es que descubrieron que a los políticos no les importan tanto las audiencias como el equilibrio del arco político/ideológico en el ring del poder. Pero ese peso era pura ficción, que les sirvió –y quizá todavía les sirve– en sus luchas internas pero no cuando hay que pedir votos a los ciudadanos.

Las redes sociales han arreglado bastante este desequilibrio y esta ficción, y eso explica lo que está pasando en las democracias de verdad de todo el mundo.

A ver si me explico.

Pasó que la opinión pública no eran la opinión pública sino la opinión publicada. Quiero decir que los periodistas y los medios que la publicaban, no siempre –o casi nunca– eran un reflejo de las mayorías sino de sus patrocinadores.

No es propósito de esta columna señalar a esos patrocinadores, pero baste con saber que el poder político y económico –gobiernos y organizaciones de todo tipo– corrompieron a muchos medios o sencillamente pagaron, a veces con publicidad y otras con dinero contante y sonante, a falsos periodistas y a muchos medios necesitados de esas subvenciones. Más todavía: el negocio de algunos medios que aparecieron en los últimos años no es el periodismo sino esas subvenciones. Y digo falsos periodistas porque no creo que quien venda su pluma merezca el noble nombre de quienes respetan a rajatabla la verdad.


El resultado fue la opinión publicada, esa expresión que le gustaba tanto a don Bernardo Neustadt, que no llegó a conocer el efecto democratizador de las redes sociales. Hoy, con poco o nada de dinero se puede llegar a un público de miles de millones, y con un peso específico real, sobre todo para los políticos: el de los votos de esas audiencias.

El sistema es perverso y el negocio, circular. Tiene que demostrar a la vez la necesidad de manipulación de la opinión pública y la imposibilidad de conseguirlo, porque en cuanto lo consiga se acaba el negocio. Hay que sospechar que allá arriba es puro negocio y que podría darse cualquiera sea la ideología: socialismo existencial, progresismo woke, nacional populismo o anarco capitalismo. Digo allá arriba porque debajo hay una pléyade de eternos adolescentes –idiotas útiles diría Lenín– trabajando gratis para los que hacen millones: no hay negocio más pingüe que el poder.

Algunos han calificado esta situación como el fin del periodismo. Yo creo que es el principio de un periodismo sin adjetivos, porque lo que se está muriendo es la industria que usó al periodismo para enriquecerse. Se muere el pseudoperiodismo, el corrupto, el ensobrado, el subvencionado o como lo quieran llamar, que no es periodismo porque no sirve a la verdad.