Debió de impresionar mi confianza a las autoridades, tanto que se acercaron a pedirme si podía acompañar a los reyes a dar un paseo por el edificio:
–Majestades, qué mejor que un estudiante para mostrarles la facultad... se jugó el rector de la Universidad.
Así que salimos desde la sala de profesores hacia el gran hall de las estatuas barrigonas de juristas argentinos, la que da a las vías del ferrocarril que llegan a Retiro. Mientras les contaba curiosidades del edificio o contestaba alguna pregunta sobre mi familia, se me ocurrió llevar a los reyes hasta mi clase, así que bajamos a las mazmorras del edificio a interrumpir a Fernando de la Rúa y el Derecho Procesal. Abrí la puerta y entré de sopetón; detrás venían los reyes, la plana mayor de la UBA y unos guardaespaldas desorientados. Entonces, además de profesor, de la Rúa era senador nacional, pero impedido de ejercer por el gobierno militar.
Ahora, ya rey jubilado, le ha tocado el destierro por bastante menos de lo que hizo cualquiera de sus antecesores, a pesar de lo mucho que le deben España y la democracia española. Es que los reyes ya no son lo que eran hace 200 años y ni siquiera hace 40. En los tiempos de nuestra independencia estábamos más preocupados por librarnos del despotismo monárquico que de España, que aquí llamaban la Metrópoli porque los de acá eran tan españoles como los de allá. Nos hamacábamos entre Napoléon y la Revolución Americana, y aunque Bolívar y algunos de nuestros próceres eran más napoleónicos, al final triunfó el sistema presidencialista norteamericano: una monarquía electiva y bastante absoluta, pero con fecha de vencimiento.
El artículo 56 de la Constitución Española establece que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Es fuerte, sobre todo por lo tajante, pero hay que tener en cuenta que no es muy distinto de nuestras inmunidades y que los reyes que reinan en las democracias europeas son símbolos patrios, como el escudo o la bandera, y quizá un poco más: son la Patria misma. Por eso, mientras haya monarquía, no hay rey traidor: son parte del pacto entre los ciudadanos y la Patria, que los sostiene como el mástil sostiene a la bandera. De paso le recuerdo que la bandera argentina desciende directamente de la Virgen María, pasando por Carlos III y parida por Manuel Belgrano.
Por cierto, tampoco hay rey traidor en las monarquías absolutas que todavía campan en el mundo como campan las democracias mentirosas, las repúblicas dinásticas, las tiranías familiares y las dictaduras vitalicias. Viviremos siempre intentando salvarnos de las pretensiones despóticas que aparecen como hongos en todos los niveles del poder. Está en el código genético de la humanidad, tanto que la historia no es otra cosa que el relato de la lucha por la libertad del pueblo llano frente esas pretensiones despóticas de sus malos gobernantes.