
Cuando comenzamos la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral se entusiasmó y le gustaba venir siempre que lo invitábamos. En esa época todos los estudiantes querían ser como él. Una vez llegó tarde a una reunión porque venía de una autotransfusión: por las dudas la necesitara alguna vez, llenaba con paciencia un barril de su propia sangre. Ni la sangre ni la plata le cundieron pero sí nuestro reconocimiento. No tuvo hijos y su vida se consumió en soledad a pesar de sus sucesivos matrimonios. Gastaba manías que había que respetar y era muy difícil contradecirlo. Los años de crisis y el gobierno autoritario de los Kirchner lo amargaron hasta la muerte.
Siempre pensé que sería el perfecto fundador de un Centro de Estudios de Medios en Buenos Aires. Sin sucesores directos, y con mucho dinero, podía contribuir con su patrimonio a la creación del fondo para solventar una institución dedicada al estudio del periodismo. La gente conoce a Joseph Pulitzer por los premios más que por su historia y a Nelson Poynter por el Instituto de Estudios de Medios que lleva su nombre. Nadie los recuerda como polémicos, santos, avaros, generosos o corruptos. Así que caí en su casa una mañana de primavera con la idea de convertirlo de un plumazo en Instituto y arreglarle su fama para siempre. Entonces ya andaba orillando los 80 y hablaba seguido de su muerte. Estaba seguro de que, si conseguía viajar con él al Poynter, lo convencería. Pero la agenda de Neustadt había fraguado y no conseguí sacarlo de su letanía perpetua. Así murió el Centro Bernardo Neustadt de Estudios de Medios, frente al Río de la Plata que mirábamos desde el ventanal de su casa colgada en la barranca de Martínez.